¿Ciencia entendible?

Cuando los hongos se convierten en aliados

D. Magaña-Ortíz, F. Fernández, A.M. Loske, M.A. Gómez-Lim

Imagina que pudiéramos programar hongos microscópicos como si fueran robots que producen sustancias para combatir enfermedades. Eso es justamente lo que lograron los científicos en este estudio.

El trabajo se centra en una enfermedad llamada leishmaniasis, que afecta a millones de personas en el mundo y para la cual no existe una vacuna. Es causada por un parásito que se transmite a través de la picadura de un insecto similar a un mosquito. Puede provocar desde lesiones en la piel hasta infecciones graves en órganos. Los investigadores buscaron una nueva forma de producir proteínas especiales, es decir, moléculas capaces de reconocer componentes específicos del parásito (antígenos), lo que permitiría detectarlo y ayudar a nuestro sistema inmune a combatirlo.

Para lograrlo, utilizaron un hongo llamado Aspergillus niger. Este hongo está formado por filamentos diminutos que, en conjunto, forman una red. Sus “semillas”, llamadas conidios, son estructuras redondeadas, miles de veces más pequeñas que el grosor de un cabello, que permiten su dispersión.

Pero aquí viene lo más interesante: introdujeron genes dentro del hongo usando ondas de choque en agua. Estas ondas generan diminutas burbujas que crecen y colapsan violentamente, formando microchorros capaces de abrir pequeños poros temporales en las células, permitiendo que el material genético (el ADN con las “instrucciones”) entre en ellas. En cada experimento se aplicaron 100 ondas de choque a un pequeño contenedor con aproximadamente 30,000 conidios en suspensión. El proceso dura poco más de 3 minutos.

Una vez modificados, los hongos comenzaron a producir moléculas diseñadas en el laboratorio que combinan dos funciones: por un lado, actúan como anticuerpos (reconocen componentes del sistema inmune) y, por otro, funcionan como “etiquetas” que ayudan al sistema inmunológico a identificar al parásito y aprender a defenderse mejor.

Este estudio demuestra que se pueden usar hongos microscópicos y ondas de choque para fabricar moléculas que podrían contribuir al desarrollo de vacunas y pruebas de diagnóstico.