¿Y mi dinero?
Publicar en revistas de prestigio exige tiempo, esfuerzo y recursos que, en gran medida, provienen de la sociedad. A veces, las universidades logran recuperar parte de esa inversión mediante convenios con la industria. Las patentes son caras, lentas de obtener y rara vez ofrecen una protección global.
Con este panorama, la pregunta es inevitable: ¿vale la pena invertir en investigación? ¿Se trata de impulsar trayectorias individuales —por ejemplo, dentro del Sistema Nacional de Investigadores e Investigadoras— o de generar beneficios reales para la sociedad? La duda no es menor; sin embargo, la experiencia internacional lo deja claro: los países que invierten de forma sostenida en ciencia y tecnología alcanzan mayores niveles de desarrollo y bienestar.
Un ejemplo es la pandemia de COVID-19. Murieron más de 70 millones de personas en el mundo. Sin el desarrollo acelerado de vacunas —posible gracias a la colaboración entre grupos de investigación y a décadas de conocimiento acumulado— la cifra habría sido mucho mayor. La ciencia no improvisa: avanza apoyándose en lo ya demostrado, algunas veces incluso sin una aplicación inmediata.
Además, la investigación no solo produce resultados: forma personas. Fomenta el pensamiento crítico, la capacidad de cuestionar y de resolver problemas complejos. También fortalece la docencia al incorporar conocimiento actualizado y abre la puerta a colaboraciones internacionales que amplían horizontes académicos y profesionales.
Ciertamente hay inercias, incentivos mal alineados y sistemas de evaluación que a veces premian la cantidad por encima de la calidad. Aun así, el balance es difícil de cuestionar: la investigación es una de las inversiones más rentables a largo plazo. Sus beneficios no siempre son inmediatos ni evidentes, pero sin ella el futuro se vuelve mucho más incierto.